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Ya no queda casi nada para que suene el último timbre y digamos adiós al colegio para siempre. Al pensar en todos estos años, me doy cuenta de lo rápido que ha pasado el tiempo. Si tengo que quedarme con algo, es con los pequeños detalles: las charlas antes de entrar a clase, las bromas en el pasillo y el apoyo de esos profesores que siempre confiaron en nosotros. Mis compañeros han sido como una familia y los recuerdos que hemos creado juntos son lo mejor de esta etapa.
Si tuviera que borrar algo, quitaría esos días malos en los que me sentía agobiado por las notas o por algún trabajo que parecía imposible de terminar. También borraría las veces que tuve miedo a equivocarme o a no encajar con los demás. A veces nos tomamos las cosas demasiado en serio y sufrimos por tonterías que hoy ya no parecen tan importantes. Pero bueno, supongo que esos momentos también me enseñaron a ser más resistente.
Mi conclusión principal es que el colegio ha sido el lugar donde he descubierto quién soy. He aprendido que el esfuerzo tiene recompensa y que es fundamental saber trabajar en equipo. Me voy siendo una persona mucho más madura y con las ideas más claras sobre lo que quiero hacer en la vida. El colegio me ha dado las herramientas necesarias para empezar a caminar solo fuera de estas paredes que tanto conozco.
En resumen me despido con una mezcla de alegría y nostalgia. Me da felicidad empezar algo nuevo, pero me da pena dejar atrás la rutina de cada día con mis amigos que me a acompañado tantos años. Ha sido una experiencia increíble que me ha ayudado a crecer en todos los sentidos. Ahora miro al futuro con mucha ilusión, pero siempre guardaré un hueco en mi corazón para los años que pasé aquí.
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