Blog (6/6) - Ander Gastaka
Sinceramente, al mirar atrás tras acabar segundo de bachillerato, lo primero que queda es la sensación de haber pasado por una etapa intensa y bastante determinante. No solo por lo académico, sino por todo lo que implica: presión, decisiones sobre el futuro, cambios personales y convivencia diaria durante años con las mismas personas.
Con lo que me quedaría es con los momentos compartidos que no aparecen en los exámenes: las conversaciones antes de clase, las risas improvisadas, los días de agobio que se hacían más llevaderos entre compañeros, y también el esfuerzo conjunto cuando tocaba remar en serio. Al final, lo que más se recuerda no son solo las notas, sino las personas y las situaciones que te han hecho crecer casi sin darte cuenta.
Si tuviera que borrar algo, probablemente no serían momentos concretos, sino sensaciones: el estrés excesivo en ciertas épocas, la ansiedad previa a exámenes importantes o la presión por tener que decidir “qué vas a ser” demasiado pronto. No porque no hayan sido parte del proceso, sino porque a veces se viven con más peso del necesario.
La principal conclusión es que esta etapa enseña más de lo que parece. No solo contenidos, sino también a organizarse, a resistir la presión y a conocerse un poco mejor. También deja claro que no todo sale perfecto y que eso forma parte del aprendizaje.
Y, sobre todo, se entiende que esto no es un final cerrado, sino un punto de transición. Lo que venga después no borra lo anterior, pero sí lo reordena y le da otro sentido.
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