Blog 6 - Haizea Calvo Cuesta

 Parece mentira, pero en unas semanas se acaba todo. Llevamos años quejándonos de los madrugones, de los exámenes y de las normas, pero ahora que llega el final, da un poco de vértigo. Al mirar atrás, te das cuenta de que el colegio ha sido básicamente nuestra segunda casa, el sitio donde nos hemos hecho mayores.

Si me preguntas con qué me quedo, lo tengo claro: con la gente. Al final, lo que te llevas no son las fechas de historia, sino las risas en el pasillo, las miradas con tu amiga cuando el profe se ponía pesado y ese grupo de amigas que han estado ahí en las buenas y en las malas. Lo mejor ha sido encontrar a esas personas que hacen que ir a clase no sea una tortura.

¿Qué borraría? Pues los agobios y los malos rollos. Esos días de ansiedad antes de un examen importante o las tonterías por las que a veces nos hemos enfadado y que ahora, viéndolo de lejos, no tenían ninguna importancia. Todo ese estrés de querer llegar a todo y sentir que no podías, eso sí que me lo ahorraba.

La conclusión que saco de todos estos años es que el instituto nos ha enseñado mucho más que matemáticas. Nos ha enseñado a buscarnos la vida, a saber en quién confiar y a aguantar el tirón cuando las cosas se ponen feas. Nos vamos de aquí con muchas dudas sobre el futuro, pero sabiendo que somos capaces de sobrevivir a casi cualquier cosa. Ha sido una etapa intensa, pero ha valido la pena.

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