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 No me tomaría la pastilla. Elegiría la dieta y el ejercicio, aunque sea más lento y requiera constancia. Mi defensa de la belleza real y mi rechazo a los retoques no se basa solo en una postura estética, sino en un principio mucho más profundo: la coherencia y la autenticidad. Si llevo años diciendo que hay que aceptar el cuerpo tal como es, que la belleza no depende de filtros ni de cirugías, y que el valor propio no debe medirse por un número en la báscula, entonces no puedo contradecirme tomando un atajo químico solo porque ahora me conviene por salud.

Perder peso con una pastilla sería resolver el problema de forma artificial y externa, igual que quien se retoca la cara o el cuerpo para gustar más en redes. Estaría enviando el mensaje implícito de que “mi cuerpo natural no es suficiente” y que necesito ayuda externa para estar sano. Cada vez que alguien me preguntara cómo lo logré, tendría que confesar que usé la pastilla, y eso generaría una contradicción incómoda con todo lo que he defendido públicamente. No quiero convertirme en esa persona que predica una cosa y hace otra en privado.

Además, la salud no es solo bajar de peso. La dieta y el ejercicio me obligan a cambiar hábitos, a mejorar mi relación con la comida, a moverme más y a cuidar mi cuerpo desde dentro. Es un proceso que me enseña disciplina, paciencia y respeto real hacia mí misma. La pastilla me daría el resultado rápido, pero me quitaría la oportunidad de crecer en ese aspecto.

Sé que sería más duro y lento. Habría días difíciles, frustración y resultados que no se ven de inmediato. Pero precisamente por eso tendría más valor. Mantendría la coherencia con mi mensaje de belleza real: aceptar mi cuerpo, pero también cuidarlo de forma honesta, sin atajos que escondan la realidad. Al final, no solo perdería peso, sino que ganaría integridad.

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