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Decidir si poner una buena puntuación a alguien que nos ha atendido mal es un dilema bastante común hoy en día. Esto ocurre porque muchas empresas utilizan las encuestas de satisfacción de forma muy estricta, hasta el punto de que si un trabajador no recibe la nota máxima puede perder su bono o incluso su empleo. De esta manera, el cliente se convierte sin quererlo en una persona que puede influir directamente en el futuro de alguien.
En algunos casos, dar una buena nota a pesar de una mala experiencia se basa en la empatía. Pensamos que el empleado puede estar cansado, estresado o trabajando en malas condiciones, y preferimos no perjudicarle. En estas situaciones, la sinceridad sobre el servicio pasa a un segundo plano, porque lo que nos importa es no causar un daño mayor. Además, poner una mala nota muchas veces no soluciona el problema, sino que simplemente castiga a alguien que quizá solo tuvo un mal día.
Sin embargo, esto también genera un problema importante. Si todos damos buenas valoraciones aunque el servicio haya sido malo, la empresa nunca sabrá que algo está fallando. Por eso, una posible solución es poner una puntuación alta para proteger al trabajador, pero aprovechar el apartado de comentarios para explicar con sinceridad qué es lo que no nos ha gustado. Así se puede informar de los fallos sin que la consecuencia sea el despido de una persona.
También es importante tener en cuenta que, en muchos casos, el mal servicio no depende únicamente del empleado, sino de la organización de la empresa. A veces trabajan bajo mucha presión o con pocos recursos, lo que influye en la atención al cliente. Por eso, actuar con comprensión puede ser una forma de dar más valor a las personas que a un sistema que no siempre tiene en cuenta las circunstancias individuales.
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