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La respuesta de Unai Simón a las declaraciones de Mbappé sobre la ultraderecha en Francia generó un interesante debate. Mientras Mbappé alzó la voz contra el ascenso de Marine Le Pen, se posicionó claramente en contra de los extremos que dividen y llamó a los jóvenes franceses a acudir a las urnas para defender valores como la mezcla, la tolerancia y el respeto, Unai Simón optó por una postura más prudente y reservada.

El portero de la selección española reconoció la enorme repercusión social que tienen los futbolistas, pero defendió que “de lo único que deberíamos hablar es de temas deportivos”. Según sus palabras, los jugadores tenemos tendencia a opinar demasiado sobre asuntos que quizá no nos corresponden, y que la política debería dejarse a otras personas o entidades. “Soy profesional del balón”, insistió.

El caso plantea una pregunta recurrente: ¿deben los jugadores de fútbol o cualquier personaje de gran repercusión social dar su opinión sobre asuntos que trascienden su ámbito deportivo? Por un lado, su influencia puede servir para concienciar y movilizar, especialmente a la juventud. Por otro, muchos consideran que mezclar deporte y política distrae del juego, genera divisiones innecesarias en los vestuarios y expone a los deportistas a críticas que van más allá de su rendimiento.

Al final, cada uno elige su camino: unos hablan, otros prefieren callar y centrarse en el balón. Lo cierto es que, en la era de las redes y la visibilidad constante, es cada vez más difícil separar al deportista de la persona.

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