Blog 1 Nico

La tentación me pilla casi siempre cuando estoy solo y con la cabeza baja de cansancio. Últimamente la que más me ronda es quedarme hasta las tantas enganchado al móvil, scrolleando sin parar, aunque sé que al día siguiente voy a arrastrarme y que estoy tirando horas que podría usar para leer, hacer deporte o simplemente descansar de verdad. Es una tontería, pero muy adictiva, porque en ese momento no hay nadie que me mire mal ni me pregunte qué estoy haciendo. Y justo por eso es más difícil resistir: sin ojos encima, la excusa de “solo cinco minutos más” se convierte en dos horas sin darme cuenta.

Sí, me ha podido alguna más seria. Hace unos años cedí a una que todavía me pesa: en el trabajo inventé una excusa sobre un plazo que no cumplí, solo para no quedar como el inútil delante del jefe. Fue una mentirijilla pequeña, de las que parecen no hacer daño, pero me comió por dentro durante semanas. Me arrepiento bastante, no tanto por si me pillaban (al final pasó desapercibida), sino porque me di cuenta de que soy capaz de elegir la salida fácil antes que decir la verdad. Eso duele más de lo que esperaba y me dejó una marca que intento no repetir.

La edad cambia totalmente el tipo de tentaciones. A los veinte eran más salvajes: salir de fiesta hasta reventar, liarme con quien no tocaba, probar cosas arriesgadas solo por sentirme vivo o por encajar en el grupo. Ahora, con treinta y pico, son más calladas y traicioneras: procrastinar en cosas importantes, envidiar en silencio lo que tienen otros, o simplemente rendirme a la rutina y decirme “total, ya qué”. Creo que de joven la tentación viene de fuera, de la adrenalina y las ganas de todo; con los años se mete dentro, se vuelve más mental, más cobarde y más fácil de justificar.

Resistir no te convierte en santo de la noche a la mañana, pero sí te hace más fuerte. Cuando aguantas y eliges lo correcto aunque te cueste, algo se refuerza dentro: confías más en ti, te respetas un poco más y acumulas pequeñas victorias que sirven de escudo para la siguiente vez. Si solo aguantas por miedo a que te pillen, es más frágil; cuando el riesgo baja, la tentación vuelve con fuerza. Al final creo que lo que cuenta es no caer siempre (eso es imposible), sino reconocerla pronto, elegir bien la mayoría de las veces y, si tropiezas, levantarte rápido sin mentirte.

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