Blog 1 Gabi H
La tentación es esa fuerza que nos pone a prueba constantemente, y siendo realistas, la mayoría somos bastante débiles ante ella. No se trata de ser malas personas, sino de que el cerebro siempre prefiere la recompensa inmediata al esfuerzo a largo plazo. Una tentación confesable que me ha ganado muchas veces es el móvil: ese "solo miro un mensaje" que se convierte en media hora perdida cuando debería estar estudiando. No diría que me arrepiento de forma dramática, pero sí genera esa frustración de saber que te has fallado a ti mismo por un placer momentáneo que ni siquiera vale tanto la pena.
Además, las tentaciones suelen disfrazarse de algo inofensivo o incluso necesario. Nos convencemos de que “necesitamos un descanso” o de que “mañana lo compensaremos”, cuando en realidad estamos postergando lo importante. Ese pequeño autoengaño es peligroso porque suaviza la culpa y convierte la excepción en costumbre. Poco a poco, lo que parecía un simple desliz se transforma en un hábito que cuesta romper, y entonces la lucha deja de ser puntual para convertirse en diaria.
Es un hecho que es más difícil resistir cuando nadie nos observa. La presión social o el miedo al juicio de los demás funcionan como un freno externo muy potente. Sin embargo, cuando estamos solos, esa barrera desaparece y solo quedamos nosotros con nuestra conciencia. Es ahí donde el autoengaño es más fácil, porque no tienes que darle explicaciones a nadie y el "por una vez no pasa nada" suena mucho más convincente.
El tipo de tentaciones cambia totalmente según la edad y el momento vital. Con diecisiete o dieciocho años, nuestras tentaciones están muy ligadas a la gratificación instantánea, la fiesta o la aprobación del grupo. Un adulto, en cambio, puede verse tentado por la estabilidad económica o por escapar de la rutina. Nuestras debilidades evolucionan a medida que cambian nuestras prioridades y lo que nos falta en cada etapa.
Finalmente, resistir una tentación nos hace mejores, o al menos más fuertes. No es una cuestión de moral pura, sino de autocontrol. Cada vez que logramos decir que no a un impulso que nos desvía de nuestros objetivos, estamos construyendo carácter y madurez. Al final, ser libre no es hacer lo que te apetece en cada segundo, sino tener la capacidad de decidir qué es lo mejor para ti a largo plazo, aunque el cuerpo te pida otra cosa.
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