BLOG V IKER

 Nunca pensé que una conversación pudiera quedarse resonando un año entero. Aquella tarde con mi amiga fue de las que te cambian la temperatura interna sin que nadie más lo note. Nos encontramos para tomar un café, pero lo que ella traía dentro no tenía nada que ver con la cafeína. Se le había muerto el padre hacía un mes y todavía se le quebraba la voz cada tres frases. No era solo el duelo; era algo más oscuro, como si hubiese heredado una culpa que no era suya.

Me contó, con la mirada hundida en la taza, que su padre fue el autor del atropello que conmocionó a la ciudad: el niño de once años, el accidente, la fuga, el silencio mediático y la sospecha que nunca encontró cierre. Yo recordaba aquellas semanas: la indignación, los carteles, la rabia. Nunca habría imaginado que ella tenía algo que ver. Nadie lo habría imaginado. Dijo que ese secreto pudrió la casa desde dentro, que no volvió a confiar en su padre, que su madre dejó de hablar durante años y que él, al final, se encerró en sí mismo justo hasta el día en que murió.

Me fui a casa con un peso extraño en el pecho. Esa misma noche tenía una cita y no quería cancelarla. El chico me gustaba. Tomamos cervezas, hablamos de tonterías, nos reímos. Pero yo seguía repitiendo la historia en mi cabeza, como si fuera un eco que no sabía dónde colocarse. A la tercera cerveza, sin mencionar nombres ni vínculos, solté el relato. Él lo escuchó fascinado, como quien recibe un paquete sin remitente. La noche terminó bien, pero no volví a verle.

Un año después me llamó. Yo ya ni guardaba su número. Me dijo que llevaba meses obsesionado con aquella historia, que la había convertido en un guion, y que una plataforma estaba a punto de comprárselo. Un millón de euros. Lo dijo en voz baja, como si se lo estuviera confesando a sí mismo. Luego añadió que quería compartir conmigo parte del dinero porque, según él, aquella historia había llegado a sus manos gracias a mí.

Me quedé en silencio. El dinero brillaba por un segundo, pero detrás no había nada limpio. No era mi historia. No era mi dolor. No era mío el permiso. De pronto me vi atrapado entre tres lugares: la lealtad hacia mi amiga, la ética de quien transmite una confidencia y la tentación —inevitablemente humana— de aceptar algo que no pedí pero que se me ofrecía.

Esa noche entendí que hay preguntas que no se responden con la cabeza, sino con la forma en que quieres mirarte a ti mismo dentro de diez años. El dilema no era el dinero; era la responsabilidad. Y supe que tarde o temprano tendría que llamar a mi amiga, sentarme frente a ella y devolverle la parte del relato que nunca debí haber contado. Porque a veces el daño no está en lo que se dice, sino en el eco que se genera después.

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