Blog 6/6 Juan José
Querida madre, cuando leas estas palabras ya no estaré en este mundo y quizá el silencio pese más que mi ausencia, como pesa la noche cuando no hay estrellas. No llores por mí, porque me voy con la conciencia en pie y sin odio en el corazón, sabiendo que hice lo que pude en el tiempo que se me fue dado. He vivido como pude y amé como supe, con torpeza aunque con la verdad casi siempre, aprendiendo tarde lo que la vida enseña deprisa.
Perdóname por las ausencias, los silencios largos y las palabras que nunca supe decirte cuando aún había mañanas por delante. Perdona también mis miedos y mis errores, que fueron humanos y nacieron del deseo de no fallarte. Recuerda mis manos de niño buscando las tuyas, aferradas a ti, y la forma en que me enseñaste a caminar recto y a no bajar la cabeza ni siquiera ahora, en momentos difíciles. De ti aprendí todo lo que hay en la vida, incluso este final que no elegí. Guarda esta carta junto a las fotos viejas, donde aún somos familia completa y donde no había cosas malas en casa ni en los sueños. Allí donde el pan se partía sin miedo y las risas no eran pecado.
Piensa en mí cuando mires esas imágenes, no con tristeza, sino con la calma de haberme criado bien. Porque yo te llevo conmigo en el último pensamiento, como un refugio cálido al que volver cuando todo se oscurece. Ojalá el futuro sea más justo que este presente y la paz llegue aunque yo no la vea. Yo ya descanso, madre, y te agradezco por la vida, la comida, el abrigo y por la dignidad que me diste para ser un buen hijo. No me olvides, pero sigue adelante, vive por los dos y no dejes que el dolor te detenga. Atentamente tu hijo, que te quiere más allá del final y del tiempo.
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