Blog 5 Telmo
Hace un año, una amiga me confesó algo que me dejó profundamente impactada: su padre había estado implicado en un accidente en el que murió un niño y se marchó sin asumir las consecuencias. Aquello había roto por completo a su familia. Al escucharla me sentí muy sorprendida, ya que nunca habría imaginado una situación así, y me invadieron sentimientos de tristeza y desconcierto. Esa misma noche, al salir y después de tomar unas cervezas, acabé contando esa historia al chico con el que estaba, sin mencionar en ningún momento quién era mi amiga. En ese momento no pensé en las posibles consecuencias; simplemente necesitaba desahogarme y compartir lo que llevaba dentro. No volví a ver a ese chico y, con el paso del tiempo, la historia quedó rondando en mi cabeza.
Un año más tarde, ese chico vuelve a contactar conmigo para decirme que ha escrito un guion basado en aquella historia y que una plataforma le ofrece un millón de euros por él. Además, me propone darme una parte del dinero. Ante esa situación, lo primero que haría sería pedir perdón a mi amiga, porque compartir algo tan íntimo y doloroso no me correspondía. Supuso una traición a su confianza y un error del que debo responsabilizarme.
No aceptaría el dinero de inmediato. Le contaría todo a mi amiga con sinceridad, le explicaría lo ocurrido y volvería a pedirle disculpas, dejando que sea ella quien decida cómo actuar. Si ella aceptara que su historia se convierta en una película, entonces estaría dispuesta a que se hiciera y a que el dinero se gestionara como ella considere. Si, por el contrario, no quisiera que se contara, rechazaría tanto el dinero como el proyecto. Esa historia le pertenece a ella, no a mí, y solo ella tiene derecho a decidir sobre su uso. Mi deber es respetarla, apoyarla y no beneficiarme de su dolor, porque en una situación así lo más importante es la confianza y el respeto.
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