Blog 5 Paola
Aquella noche salí de casa con el corazón encogido después de escuchar a mi amiga romperse por dentro. No solo había perdido a su padre, también cargaba con el peso insoportable de un secreto terrible.
Su dolor no era limpio ni sencillo: estaba manchado de culpa, vergüenza y rabia.
Yo me fui con su historia clavada en la cabeza, como si me perteneciera un poco.
Más tarde, con unas cervezas de más y la guardia baja, hablé de ello con un chico que me gustaba.
No dije nombres ni lugares concretos, pero conté lo esencial, traicionando sin querer la intimidad de mi amiga.
En ese momento lo sentí como desahogo; un año después entendí que fue una imprudencia.
Cuando él me llamó para decirme que había escrito un guion basado en aquella confesión, sentí un vuelco en el estómago.
Esa historia no era mía, nunca lo fue, aunque yo la hubiera escuchado entre lágrimas.
Que ahora valiera un millón de euros la hacía aún más delicada, no más mía.
Aceptar el dinero sería reconocer que tengo algún derecho sobre ese dolor, y no es verdad.
Yo no viví esa tragedia, no crecí en esa familia rota ni enterré a ese padre.
Como mucho, fui un canal torpe que dejó escapar algo que debía proteger.
Por eso, moralmente, no debería aceptar ni un euro de ese beneficio.
Si lo hiciera, sentiría que estoy sacando provecho de la culpa y el duelo ajenos.
La segunda pregunta es aún más difícil: contárselo a mi amiga significaría abrirle otra herida.
Pero callarlo sería tratarla como a alguien incapaz de decidir sobre su propia historia.
Ella tiene derecho a saber que un episodio tan íntimo de su vida puede hacerse público disfrazado de ficción.
Aunque me tiemble la voz y me arriesgue a perder su confianza, debería decírselo con honestidad.
Porque a veces hacer lo correcto no repara el daño, pero al menos deja de aumentarlo.
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