Blog 5 Nico
Hace un mes mi amiga me lo contó todo en una cafetería tranquila, casi vacía. Su padre había sido el conductor que atropelló mortalmente a un niño en pleno centro y se dio a la fuga. El caso salió en prensa durante semanas, la ciudad no hablaba de otra cosa, y nadie sabía quién era el culpable. Ella me lo explicó porque llevaba tiempo cargando con eso sola y necesitaba soltarlo. Yo solo escuché, sorprendido, porque jamás habría pensado que algo así estuviera tan cerca.
Esa misma noche tenía una cita con una chica que me gustaba desde hacía tiempo. Fuimos a un bar de tapas, pedimos unas cervezas y, después de la tercera, salió el tema. Le conté la historia tal cual me la habían contado, pero sin mencionar nombres, sin decir de quién era la amiga ni dar pistas que pudieran identificarla. Solo el hecho: atropello, fuga, el destrozo que causó en la familia. Ella se quedó callada un rato, luego cambió de tema. La noche siguió bien, hubo risas y algo más, pero nunca volvimos a quedar ni nos escribimos.
Un año después, un domingo por la tarde, me llamó por teléfono. Me dijo que se acordaba perfectamente de aquella conversación en el bar y que había usado la historia como base para un guion. Una plataforma de streaming le había hecho una oferta de un millón de euros por los derechos. Me sorprendió, pero lo que vino después fue más inesperado: me ofreció una parte del dinero. Según ella, sin ese relato que le conté no habría tenido la idea ni habría escrito nada.
Acepté la oferta sin pensarlo mucho. Cuando me ingresaron mi parte, la transferí completa a mi amiga. Le mandé un mensaje corto: que era dinero que había salido de una cosa relacionada con la historia que me contó hace tiempo, que no entraba en más detalles y que era para ella. No quise darle vueltas ni explicaciones largas.
Ella respondió al día siguiente con un “gracias” seco y aceptó el dinero sin hacer preguntas. No hubo reproches, ni llamadas dramáticas, ni nada más. Cada uno siguió con lo suyo. Así quedó el tema cerrado.
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