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 Este debate suele encenderse porque toca tres planos distintos: ciencia, educación pública y creencias personales. Conviene no mezclarlos sin matices. En los sistemas educativos públicos, los contenidos curriculares no se fijan según las convicciones individuales de cada familia, sino a partir de consensos académicos, marcos legales y conocimientos validados. Eso no elimina el papel de los padres: siguen siendo fundamentales en la transmisión de valores, creencias religiosas y visiones del mundo en el ámbito familiar. Pero la función de la escuela pública, especialmente en materias científicas, es enseñar el conocimiento construido mediante evidencia, método y revisión crítica.

En biología, la teoría de la evolución no es una simple “opinión” entre otras. Es el eje que organiza la comprensión de la vida en la Tierra y está respaldada por genética, paleontología, microbiología y medicina, entre muchas otras áreas. Puede seguir afinándose y discutiéndose en detalles, como toda teoría científica viva, pero su base está sólidamente establecida en la comunidad científica internacional.

Las declaraciones que presentan el creacionismo como una tesis científica en ascenso no reflejan ese consenso. El creacionismo pertenece al ámbito de la fe y de las tradiciones religiosas, que merecen respeto como creencias personales y culturales. Sin embargo, no utilizan el método científico ni generan hipótesis comprobables del mismo modo que lo hacen las ciencias naturales.

Quien propone la creación divina como explicación del origen humano está expresando una postura legítima dentro del terreno religioso o filosófico. El problema surge cuando se intenta situarla al mismo nivel que una teoría científica dentro del currículo de ciencias. En una sociedad plural, la clave es distinguir espacios: la fe puede convivir con la ciencia, pero no sustituirla en la enseñanza científica pública.

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