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Por un lado, tienen una historia clara como expresión cultural. Nacieron en los años 70 en Nueva York, en barrios marginados, donde los jóvenes usaban las paredes para dejar su firma, contar historias o criticar la realidad social. Con los años evolucionaron hacia piezas complejas, llenas de color, técnica y mensaje. Artistas como Banksy han llevado el street art a museos y subastas, demostrando que puede ser arte legítimo y valioso.

Cuando se hace en muros abandonados o espacios autorizados por el ayuntamiento, suele enriquecer la ciudad y dar vida a zonas grises.

Pero cuando aparecen sin permiso en propiedades privadas, como la puerta de nuestro garaje, la perspectiva cambia. Hace un mes gastamos 2.500 euros para repintarla; el año pasado, exactamente lo mismo. Ese dinero sale de las cuotas de todos los vecinos y genera frustración, porque nadie nos pidió permiso para “expresarse” en nuestra puerta. En España, pintar sin consentimiento se considera delito de daños (art. 263 Código Penal) si la cuantía es relevante, aunque identificar al autor casi siempre es imposible sin pruebas.

¿Qué hacer en nuestra comunidad para no repetir el gasto cada pocos meses? Primero, actuar rápido: limpiar o repintar cuanto antes evita que se acumulen más pintadas. Segundo, prevención básica: cámaras económicas con app en la entrada del garaje, luces con sensor de movimiento y, si cabe en presupuesto, pintura anti-grafiti. Tercero, revisar el seguro comunitario por si cubre actos vandálicos. Cuarto, si se repite mucho, presentar denuncia aunque sea para dejar constancia.

Yo apoyo el arte urbano en muros legales que el ayuntamiento habilite; muchas ciudades lo hacen y beneficia a todos. Pero en lo privado, sin permiso, no hay justificación: nadie puede obligarnos a pagar su creatividad. Gastar miles recurrentes no es sostenible ni justo para los vecinos.

En conclusión, los grafitis pueden ser arte maravilloso con respeto, contexto y autorización. Sin eso, son vandalismo que afecta el bolsillo y la convivencia. En nuestra finca, lo mejor es proteger lo nuestro con medidas prácticas y seguir defendiendo espacios públicos para el street art. Así ganamos todos: ciudad más viva y paredes limpias.

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