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Se hace un silencio incómodo, nadie sabe muy bien qué decir y lo peor es que el padre del chico no reacciona. Yo me siento incómodo, no solo por la frase en sí, sino porque lo a dicho con tanta tranquilidad. Respiro hondo y decido hablar con calma. Digo que entiendo que la política enfade, que a veces uno se sienta engañado o frustrado, pero que pedir que maten a alguien no es una opinión ni una broma. Es una forma de violencia, aunque sea con palabras.

Me dirijo al chico sin gritar ni nada por el estilo, con mucha tranquilidad. Le digo que tiene derecho a pensar como quiera y a criticar al presidente todo lo que quiera, pero que hay límites. Le explico que usar insultos y hablar de matar a alguien no ayuda a mejorar nada y que, además, normaliza el odio. Le pregunto qué es lo que realmente le molesta de ese político y le animo a expresarlo de otra manera.

Luego, cuando puedo, hablo con mi amigo en privado. No lo acuso, pero le digo que su silencio también educa. Si no corrige esa actitud, su hijo aprende que decir cualquier barbaridad está bien. Los adultos somos responsables de marcar límites, sobre todo delante de los niños, que aprenden más de lo que oyen que de lo que se les dice.

La reflexión que me deja esta historia es que vivimos en una sociedad donde el insulto y la violencia verbal se han vuelto normales. Los jóvenes repiten discursos que escuchan por ahí, en redes o en la televisión. Por eso es tan importante enseñar que se puede discutir con firmeza, incluso con enfado, pero sin perder el respeto. Yo intentaría transformar ese momento tenso en una lección de convivencia, diálogo y responsabilidad.

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