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El otro día viví una de esas situaciones que nunca esperas encontrar en una comida familiar. Habíamos quedado con un amigo de hace muchísimo tiempo, alguien al que aprecio y con quien he compartido parte importante de mi vida. Todo marchaba con normalidad hasta que, en medio de la comida, su hijo soltó una frase totalmente fuera de lugar: dijo que a Pedro Sánchez “había que pegarle dos tiros”. Lo más desconcertante no fue solo escuchar algo así en un contexto familiar, sino ver cómo su padre, lejos de corregirlo, se reía y seguía la broma.
Como no quería generar un escándalo delante de todo el mundo, les pedí a mis hijos que fueran a jugar un rato y me quedé a solas con mi amigo y su hijo. Primero hablé con él, intentando hacerle ver que su hijo no debía usar palabras que incitan a la violencia, ni siquiera en tono de broma. Sin embargo, él se mostró completamente indiferente, como si la conversación no fuera con él.
Entonces me dirigí al niño. Le dije con calma que no iba a meterme en su ideología política, que cada persona tiene derecho a pensar lo que quiera, pero que la violencia nunca es la respuesta a nada. Le expliqué que usar esas expresiones, aunque sea como chiste, nunca está bien, y que quien recurre a la violencia como argumento pierde toda la razón.
Después de aquello, recogí a mis hijos, confié en su criterio y decidí marcharme de la cena. A veces, la responsabilidad empieza por no quedarse callado, pero saber como hablar.
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