Blog 2 Paola
Hoy por hoy, la política está creando serias divisiones entre la gente, o al menos así me parece a mí. Pienso que esto se debe a la tremenda enemistad que existe entre los políticos. Después de todo, el público observa cómo en el parlamento se pierden las formas al defender ciertas ideas, sin importar la filiación ideológica. Debido a esto, la política se transformó en uno de esos asuntos para eludir en reuniones familiares o cenas con amigos, buscando así esquivar disputas pequeñas.
El otro día, asistimos a una comida con conocidos, y todo transcurría con placidez hasta que uno de ellos mencionó un suceso político actual. Al comienzo fueron solo pareceres, expresados de forma tranquila, pero progresivamente cada individuo comenzó a sostener su posición con mayor energía. Los tonos se alzaron, surgieron réplicas inapropiadas y el ambiente, que antes era apacible, se volvió rígido y desagradable. Resultó impactante observar cómo, en pocos instantes, gente que se estima y se valora podía confrontarse tan abruptamente solo por sostener visiones distintas.
Varias personas intentaron suavizar el momento, pero la charla siguió con referencias mordaces y analogías que no correspondían al tema central, mostrando cómo la política a veces saca nuestra peor faceta. Este suceso me hizo meditar respecto a cuánto está influyendo la política en nuestros lazos cotidianos. Un tema que debería facilitar el intercambio de ideas y perfeccionar la comunidad puede distanciar a individuos que comparten instantes significativos y cariño recíproco. No es un error tener ideas distintas, lo verdaderamente alarmante es dejar de respetar al prójimo por causa de esas discrepancias.
Quizás deberíamos ejercitarnos en escuchar más y en forzar menos nuestras creencias, recordando que una doctrina jamás debería prevalecer sobre el cariño, la amistad o la estima mutua. Asimismo, es una lección de que, para conservar la calma en nuestros vínculos, es preciso hallar consensos y valorar más aquello que nos une que aquello que nos separa. Quizás, si cada uno se dedicara a entender la perspectiva del otro en vez de reaccionar con precipitación, podríamos dialogar con sensatez y aprender a coexistir con la variedad sin dañar nuestros lazos personales.
Comentarios
Publicar un comentario