Blog 2 Nico

Después de oír eso me quedé mirando el plato sin saber qué cara poner. El chaval soltó lo de los dos tiros como quien pide otra Coca-Cola y su padre solo dijo «jajaja, venga, no digas eso» con una sonrisa que no me gustó nada. Me pareció fuerte, tanto lo que dijo el crío como que su padre lo dejara pasar así. El silencio que cayó fue de los incómodos, de esos que se notan en la nuca. Miré a mi hijo de reojo y vi que también estaba flipando. No quise callarme del todo.

Entonces miré a mi amigo y le dije tranquilo pero firme: «Tío, eso no es broma, decir que hay que matar a alguien no mola nada». Añadí: «Aunque no te guste el presidente, eso no se dice». Mi hijo asintió con la cabeza, como apoyando. El otro chaval se puso rojo y miró al plato. Su padre intentó quitarle importancia diciendo que era una forma de hablar de chavales. Yo insistí: «Pues que no sea esa forma».

El ambiente se puso tenso un minuto, pero no quise liarla más delante de los críos. Cambiamos de tema rápido, hablamos de fútbol y del instituto. Terminamos la comida normal, pedimos la cuenta y cada uno puso su parte. Al salir nos dimos el abrazo de siempre, pero más corto que otras veces. Quedamos en vernos otro día.

No rompí la amistad, llevamos muchos años juntos y no es plan de cortar por una comida mala. Pero quedó claro que ese tipo de comentarios no me valen. La próxima vez que quedemos ya sabe que si vuelve a pasar algo así, hablamos más en serio. Mientras tanto, cada uno a su casa y a seguir. La vida sigue y las amistades también, pero con líneas rojas claras.

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