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 Esta escena demuestra lo fácil que es que la violencia verbal se infiltre en nuestras charlas diarias y lo dañino que es verla como algo natural. Cuando alguien desea hacer daño a otra persona, aunque sea “en broma”, no es sólo una opinión, es un límite que se ha cruzado. Por todo ello, no vale con pensar “mejor no me meto en líos”, y hacer la vista gorda.

No se trata de entrar a discutir política o de convencer a nadie de que cambie de opinión. Es, sencillamente, señalar que el disenso no es razón para la violencia, ni siquiera verbal. Se puede decir “no comparto tu opinión” sin querer la muerte o el sufrimiento de nadie. Poner ese límite con calma y respeto puede ser más educativo que responder con ira.

Además, los padres juegan un papel clave en ello. Los adolescentes aprenden no solo de lo que se dice, sino lo que se permite. Si alguien considera inadecuado un comentario violento y este queda sin corregir, puede pensar que ese tipo de expresión es normal o incluso aceptable. Por eso, educar con el ejemplo es educar en mayúsculas. En un caso como este, el sería más responsable mantener la calma, dejarle claro que ese tipo de comentarios no son aceptables y, si puede, hablar luego en privado para que no se humille ni enfrenten en público. No siempre es fácil, pero hacerlo con respeto contribuye a detener la naturalización de la violencia y a construir una convivencia desde el diálogo y no desde la agresión. 

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