Blog 2 Ibai Murillo
Fuimos a comer a casa de un amigo de toda la vida, alguien con quien antes podía hablar de política sin liarnos. Él siempre fue conservador y yo más progresista, pero durante años nos entendíamos bien. Ultimamnte notaba que decía cosas que antes no decía, como si su forma de ver el mundo se hubiera ido torciendo poco a poco, y por eso dejamos de tocar esos temas. Estábamos los dos con nuestras familias, los hijos ya adolescentes, intentando pasar una comida tranquila sin entrar en discusiones.
De pronto salió el tema del gobierno. Y su hijo, con 17 años, soltó de golpe: “Al hijoputa del presidente hay que meterle dos tiros ya”. La mesa se quedó en silencio total. Yo también. Sentí un choque fuerte por dentro, como si se me hubiera parado el aire un momento. El chico sabe perfectamente cuál es mi postura política, lo ha escuchado mil veces. Miré a mi amigo esperando una corrección, un simple “eso no se dice”, algo. Pero no. Se rio. Una risa rara, medio cómplice, y añadió: “Bueno, con uno basta”. Ese instante me dejó completamente fuera de juego, como si no reconociera a la persona que tenía delante.
No dije nada. Tenía miedo de que cualquier palabra abriera un conflicto delante de nuestros hijos. Me levanté despacio, sin hacer ruido, buscando un poco de aire para ordenar lo que estaba sintiendo. Mientras me alejaba pensaba en cómo habíamos llegado hasta ese punto, cómo una amistad tan larga podía cambiar tanto sin darnos cuenta. Y, sobre todo, no entendía cómo él había podido adoctrinar de esa forma a su hijo, hasta el punto de que un chaval de 17 hablara así de matar a alguien como si fuera algo normal. Me quedé con un nudo en el pecho difícil de explicar.
Comentarios
Publicar un comentario