Blog 2 Aitor

 Has ido a casa de tu amigo de toda la vida a comer, los dos estáis con vuestros hijos y familias, pero uno es conservador y el otro es progresista. Desde siempre hemos hablado de política de una manera civilizada, pero desde hace unos años eso es más difícil porque el otro piensa cosas que cada vez se alejan más de tus ideales. Entonces mientras coméis, surge el tema de la política con los hijos delante y el hijo de tu amigo de 17 años dice que al hijo de puta del presidente del gobierno lo que hay que hacerle es meterle dos tiros, sabiendo que él es de tu ideología y tu amigo se lo toma a coña. En ese contexto, yo me quedo un segundo en silencio, masticando el último bocado de paella mientras miro al chaval con una ceja levantada, no por enfado inmediato sino por sorpresa genuina.

La mesa está llena de risas ahogadas y platos a medio terminar; mi mujer me pisa el pie por debajo como diciendo "no lo líes", y mis hijos, uno de 15 y otra de 12, miran con ojos grandes, esperando ver cómo reacciono. Mi amigo, el padre del chico, suelta una carcajada forzada y dice algo como "venga, chaval, que estás en modo revolucionario hoy", tratando de quitarle hierro al asunto. Pero yo sé que no es solo una broma: el crío lo dice con esa rabia adolescente que mezcla lo que oye en redes con frustraciones propias, y aunque apunta a mi "bando" ideológico, esa violencia verbal no me cuadra nada.

Decido no explotar, porque eso solo escalaría las cosas y arruinaría la comida. En cambio, sonrío un poco y le digo al chico: "Oye, tío, entiendo que estés cabreado con cómo van las cosas, yo también lo estoy muchas veces. Pero hablar de tiros no mola, ¿sabes? La política es un lío, pero si empezamos por ahí, al final nadie gana". Mi amigo asiente, aunque veo que él lo ve más como chiquillada, y añade: "Sí, hombre, que no somos pistoleros del Oeste". El chaval se encoge de hombros, murmura un "ya, pero es que..." y cambia de tema a algo del fútbol para salir del paso.

Mientras seguimos comiendo, noto que la tensión baja, pero no lo dejo ahí del todo. Más tarde, cuando los niños se van a jugar al jardín, le digo a mi amigo en privado: "Mira, lo del crío... hay que tener cuidado con eso. Hoy es una frase, mañana quién sabe. Nosotros siempre hemos charlado sin llegar a las manos, ¿no?". Él suspira y reconoce que sí, que el ambiente está enrarecido con tanta polarización en la tele y las redes. Acabamos la tarde con un café y promesas de vernos pronto, pero salgo de allí pensando que estas comidas ya no son tan fáciles como antes.

Al final, lo que hago es intentar mantener el puente: no rompo la amistad por una frase, pero tampoco me callo. Educar un poco, desinflar el globo sin juzgar demasiado, y recordar que las familias como las nuestras necesitan diálogo, no balas. Si no, dar ejemplo a los chavales.

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