Blog 1 Isaac
El grafiti vive en una zona gris incómoda: puede ser arte o vandalismo, y a veces ambas cosas a la vez. Hay murales urbanos con valor cultural, intención estética y hasta reconocimiento institucional. Pero cuando aparece sin permiso en una propiedad privada —como la puerta de vuestro garaje— deja de ser una expresión artística libre y se convierte, legal y prácticamente, en un acto de vandalismo. No porque la pintura no tenga calidad, sino porque invade un espacio ajeno y genera un coste que otros deben asumir.
En comunidades de vecinos, el problema no es filosófico sino práctico: limpieza, gasto repetido y sensación de inseguridad. Si ya os ha ocurrido más de una vez, conviene pasar de reaccionar a prevenir. Pinturas antigrafiti o barnices protectores facilitan la limpieza y reducen costes a largo plazo. Mejorar la iluminación del acceso al garaje y colocar señalización visible de videovigilancia (si la normativa lo permite) también disuade bastante.
Además, denunciar cada incidente, aunque parezca inútil, ayuda a que la policía local identifique patrones en la zona. Algunas ciudades incluso tienen programas de mediación con artistas urbanos para canalizar murales hacia espacios autorizados.
Como comunidad, la clave es combinar protección práctica, acción legal y cero confrontaciones directas. Cuidar el espacio común también es cuidar la convivencia.
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