Blog 6 Unai
Mi novia y yo acabábamos de comprarnos un piso. Llevábamos semanas soñando con ese momento, y por fin estábamos allí, rodeados de cajas, muebles a medio montar y el olor a pintura recién seca. En nuestro rellano solo había dos puertas: la nuestra y la de una vecina mayor. Desde el primer día fue un encanto. Se presentó con una sonrisa y una bandeja de galletas caseras, nos dio la bienvenida al edificio y nos contó que llevaba viviendo allí más de cuarenta años. Era de esas personas que te alegran el día con solo saludarte.
Con el tiempo nos hicimos muy cercanos. Siempre nos parábamos a charlar con ella en el pasillo, y alguna que otra tarde subía a tomar café. Le cogimos mucho cariño; era como una abuela adoptiva.
Un día, mientras bajábamos unas cajas al coche, la vimos salir del ascensor con una bolsa de cuero enorme. Apenas podía con ella. Fui corriendo a ayudarla. Me sonrió, como siempre, pero antes de que pudiera decir nada, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo. Llamamos a emergencias, intentamos ayudarla, pero no hubo nada que hacer. Murió allí mismo, delante de nosotros.
Cuando llegó la policía y recogieron sus cosas, vimos que la bolsa estaba llena de billetes. Dentro había un sobre con un papel: sus últimas voluntades. Quería donar todo ese dinero a un partido político de ultraderecha, de esos que niegan el cambio climático y la violencia de género. Nos quedamos helados. No podíamos creer que esa mujer tan buena apoyara algo así.
Pasamos días dándole vueltas. Cumplir su voluntad sería legal, pero moralmente nos resultaba imposible. Al final, decidimos actuar según nuestra conciencia. Donamos todo el dinero a distintas organizaciones benéficas: asociaciones de mujeres, refugios de animales, fundaciones para personas sin recursos. Quizá no hicimos lo correcto ante la ley, pero sí ante lo que creemos justo. Y cada vez que paso por su puerta vacía, pienso que, de algún modo, ojalá ella lo entienda.
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