Blog 5/6 Juan José

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Cuando era pequeño, aproximadamente con siete años, en las navidades solía escuchar villancicos típicos que ponían en la casa de mis abuelos, sobre todo cuando era 24 o 31 de diciembre en el momento de la cena familiar. 

Esos villancicos me quedaron marcados porque cada que era diciembre o año nuevo los solía escuchar y me acuerdo de esos momentos, aparte que los cantaba con mis primos o en la escuela, en alguna actividad que me ponían.

Uno que suelo escuchar a día de hoy cada que es nochevieja es uno que se llama "Faltan cinco para las doce" Cada vez que suena esa canción, algo dentro de mí se activa, como si todos esos recuerdos volvieran a cobrar vida.

Puedo ver a mi abuelo sentado en su sillón, sonriendo mientras tarareaba la melodía y a mi abuela, desde la cocina, que se unía al coro mientras servía los últimos platos de la cena. Nosotros, los niños, corríamos por toda la casa, riendo y jugando, sin entender del todo la magia de aquel momento.
Cuando la canción decía “faltan cinco para las doce”, todos mirábamos el reloj y contábamos los minutos con emoción. El ambiente se llenaba de alegría, de abrazos y de deseos para el nuevo año que estaba por comenzar.

Esa canción se convirtió en una especie de señal, el aviso de que un ciclo terminaba y otro estaba por iniciar, a veces, al escucharla ahora, me dan ganas de volver a esos días, de sentir otra vez el calor de la familia reunida. Aunque muchos de esos rostros ya no están, su recuerdo sigue vivo en cada nota, en cada acorde. La música tiene ese poder, el de viajar en el tiempo y hacernos sentir que nada realmente se ha ido.

Por eso, cada diciembre, cuando pongo esa canción, cierro los ojos y dejo que los recuerdos fluyan.
Vuelvo a oler el aroma de la comida decembrina, a escuchar las risas de mis primos y el tintinear de las copas al brindar, vuelvo a ser ese niño emocionado que no quería que la noche terminara. Me gusta pensar que, de alguna manera, ellos también la escuchan desde donde estén. Que cada nota nos une otra vez, como si el tiempo y la distancia no existiera.

Esa tradición se ha vuelto algo sagrada para mí, una forma de mantener viva la memoria de aquellos años felices, ya no somos los mismos, pero la emoción sigue intacta cada vez que llega la nochevieja.
Y mientras suena “Faltan cinco para las doce”, miro el reloj, sonrío y pienso que los recuerdos son el mejor regalo que deja el tiempo. Porque aunque los años pasen, hay canciones que nunca envejecen, y una de ellas, para mí, siempre será esa.

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