Blog 3: lipograma (letra e)

Un día común transcurrió sin gran agitación por la ciudad. La mañana inició con luz clara, con la rutina normal: carros circulando, ciudadanos rumbo a su labor, alumnos cargando libros. La dinámica urbana sonó con claxon, motor y un murmullo continuo. Muchos caminaban sin mirar al otro, cada cual con su misión particular. Una multitud rápida avanza sin pausa, guiada por horario, obligación y voluntad.

La plaza pública mostró otra cara: niños jugando, adultos tomando licor, un par sacando fotos a un mural pintado con color. Un músico portátil animó la jornada con saxofón, dando un plus cálido. Todo daba un impacto lógico: una ciudad activa, dinámica, jamás inmóvil. Un aroma a cacao flotó, un grupo disfrutó tragos bajo sombra, y la charla trivial sonó como canción común.

Un niño gritó tras un balón, un adulto lo animó, un can ladró con furia, causando risa. Un grupo lo miró, aplaudió, y así surgió una unión mínima, casi sin plan. Por un rato, la rutina laboral dio paso a un ámbito humano y cordial. La comunicación, aún corta, otorgó un vínculo común, un lazo simbólico. La rápida comunión probó un punto: la ciudad no solo simboliza prisa, sino igual guarda unión.

Un mural mostraba la historia: lucha, triunfo, dolor, pasión. La multitud lo miró con curiosidad, con admiración. Muchos tomaron fotos, otros narraron a su amigo lo simbólico. Así, lo cotidiano mostró su valor oculto: no solo la obligación, sino la prisa. Igual cabía la unión, la risa, la pasión mínima.

Al avanzar la hora, un avión dibujó un rastro blanco, cruzando lo alto. Un niño lo apuntó con ilusión, un adulto sonrió sin hablar. Tanto niño como adulto ilustraron la dualidad urbana: rigor y fantasía, cálculo y magia.

Un aroma a pan salió por una panificadora, llamando a muchos curiosos. Un gato rondó por los patios, un grupo lo acarició, hallando un minuto cálido. Así, hasta lo más común brilló como cosa vital. Un taxista dialogó con su comprador, un limpiador quitó polvo con su trabajo, un músico tocó más alto.

Al final, al concluir la jornada, la ciudad continuó igual, sin pausa, con ritmo. Sin un final dramático, sin un acto brutal, transcurrió un día común, natural. Un individuo cansado guardó su ropa, un niño apagó la lámpara, un adulto miró la luna. La ciudad durmió, calló su claxon, ocultó su murmullo. Y así, hasta la próxima mañana, aguardó sin pausa, aguardó con su ritmo.

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